El Acompañamiento terapéutico como promotor de la inclusión educativa y social en la clínica de la discapacidad. Por: Eliza Mirón.

Por Eliza Mirón

Trabajo presentado en el 5º Congreso Internacional, 6º Iberoamericano y 1er. Congreso Mexicano de Acompañamiento Terapéutico, en la Universidad Autónoma de Querétaro.

Comienzo por situar el At con niños dentro de la clínica de las perturbaciones psíquicas severas, como los son: el autismo, el retardo mental, las psicosis infantiles, los trastornos severos del desarrollo y la discapacidad. Todas ellas son las denominadas patologías graves, por lo que son niños que presentan alteraciones en su estructura subjetiva. Lo común en estos cuadros es su alienación o sea la falta de un sujeto deseante, de un sujeto del inconsciente que implica entonces, fallas en la instalación de la represión, trastornos en la integración de una imagen corporal, incapacidad de simbolización y dificultades en el aprendizaje.

Es a estos niños u adolescentes a quienes el At les brinda la posibilidad de contar con una presencia en la inmediatez de una crisis o en la cotidianeidad, en su día a día;  presencia que puede no sólo contener a ese sujeto sino brindar la posibilidad de generar los recursos internos para que poco a poco logre tramitar su realidad, es decir el acompañante es alguien que con su presencia y sus intervenciones favorece los medios para propiciar la simbolización y la construcción de la subjetividad.  El At es un promotor de la inclusión educativa y social del sujeto.

En estos niños y/o adolescentes resulta difícil sostener la dirección de un tratamiento, debido a que, por las problemáticas que presentan, requieren de un trabajo interdisciplinario. La función del At no puede plantearse de antemano o de manera estereotipada sino que se va a ir precisando en relación a una estrategia determinada de tratamiento y a la singularidad de cada caso.  Si bien lo ideal es que el At opere desde un abordaje psicoterapéutico ya instalado, esta práctica también podría pensarse como un momento anterior y propiciador de un futuro tratamiento.

Ahora bien, ¿cómo se inscribe el At dentro de una escuela? Al comienzo el Acompañante se da a la tarea de escuchar cuál es la demanda que el equipo tratante tiene, así como la de la familia y también escuchar cuáles son las necesidades de la escuela para con ese niño. Así él será capaz de armar un Proyecto de Acompañamiento.  En el que establece la propuesta de trabajo, en función de las necesidades del caso, e incluye las condiciones del At, los horarios, los objetivos iniciales y a largo plazo, etc.

Esta propuesta se plantea tanto a la familia como a la escuela. Y así el acompañante comienza a asistir a ese niño u adolescente en sus horarios de clase, quizá por varios días a la semana.

El lugar del acompañante dentro del salón de clases acarrea una serie de ventajas para la inclusión educativa y social del niño u adolescente. Con capacidad de intervención, el acompañante, tiene la oportunidad de observar de cerca los procesos de aprendizaje de su acompañado,  al mismo tiempo que observa la relación que establece con cada uno de sus compañeros y con las maestras.

Las intervenciones que el acompañante hace son vivenciales, se hacen en el momento mismo en el que se suscita una situación complicada con un compañero, una crisis nerviosa, una agresión o una falta de respeto hacia la maestra o hacia un compañero o viceversa, entre muchas otras. El At ayuda a darle sentido a dicha experiencia, juega un papel activo en el proceso de llevar al acompañado a pensar y trabajar sus angustias lo que resulta terapéutico. Primeramente porque propone una ruptura con los modelos estereotipados de vinculación que lo llevaron a cierto modo de aislamiento y, también porque ayuda al acompañado a aprender a esperar y a postergar. El At comprende que  la tolerancia a la frustración es un elemento muy importante en la adquisición de la capacidad para pensar y tolerar la ansiedad. La tolerancia a la frustración determina la futura capacidad del proceso de pensamiento y comunicación con los otros.

El acompañante es alguien capacitado para brindar apoyo al maestro (a) en lo relacionado a los procesos educativos y sociales en los que el niño se involucra.  Comprende que para cualquier progreso en el niño u adolescente de tipo operativo, es decir, leer, escribir, socializar que implican un yo estructurado y por lo menos medianamente funcional, es necesario primero haber estructurado antes la matriz de todas estas adquisiciones que es una organización subjetiva.

Si por ejemplo el acompañante encuentra una inhibición en el aprendizaje de su acompañado, en el que su “aparato para pensar” esta inhibido y no sabe seguir instrucciones por mencionar algún signo, entre otros,  comprende que se relaciona con el aparato perceptual del cual depende la interpretación de la realidad interna y externa y funge como un puente entre una y otra, a la vez que es capaz de detectar, en conjunto con la escuela, las adaptaciones curriculares que se requieran, los cambios de horarios necesarios para favorecer el proceso de aprendizaje.

Entonces el At favorece el vínculo con otros niños y adultos, de manera articulada con la escuela.

•Estimula el desarrollo del juego

•Favorece la independencia

En los aspectos pedagógicos de la integración escolar, su trabajo permite:

•Establecer un programa específico de intervención sobre el niño atendiendo sus diferencias.  Esto es muy claro en sujetos con discapacidad.

Con el eje puesto en los aspectos psíquicos-emocionales del niño, el trabajo en un equipo terapéutico va orientando la función del At.  Esto se dará a partir de la construcción de un  vínculo particularizado con el niño, como vía de acceso a su integración y a los contenidos pedagógicos.

Una de las características de estos niños u adolescentes es la dificultad que presentan en su trato, es complicada la puesta de límites, la comunicación, la enseñanza. Son niños que reconocen poco las necesidades de los otros y por tanto, tampoco saben cómo expresar las propias. Son niños que se encuentran inmersos en sí mismos, no muestran mucho interés en los demás, ni en el medio ocasionando una seria dificultad para jugar.  El At trabaja con la angustia existente en ese sujeto, ayuda a pensarla a nombrarla y al hacerlo propicia que ese sujeto salga de su ensimismamiento y pueda socializar.

Los vínculos de estos niños se encuentran viciados de tal modo que se suscitan una serie de conductas agresivas ocasionadas por la poca tolerancia a la frustración, es decir que la agresión genera frustración y la frustración genera agresión. El que el  acompañante este ahí en el momento en el que se hace un comentario descalificatorio, un golpe o un grito ayuda a romper ese vinculo, poniendo límites claros, consistentes y predecibles.

El papel que la disciplina y los límites juegan en el manejo de conductas agresivas es una labor que el At asume en la medida en que se comprende la función de la agresión en el desarrollo de cualquier sujeto. Es decir que el At entiende la agresión como una actividad y una fuerza que impulsa a la acción, sabe que al comienzo de la vida existen tendencias constructivas y tendencias destructivas que van por líneas separadas pero que posteriormente a lo largo del desarrollo ocurre su integración, es decir que se doman las pasiones.

El At comprende que por el contacto con el medio externo, como la familia y la escuela,  el sujeto aprende a manejar esta fuerza de acuerdo a normas preestablecidas. Sabe de la importancia que las reglas de disciplina y los límites tienen para el manejo de la agresión. En niños u adolescentes con conductas agresivas el At ayuda a encaminar la agresión de forma positiva.

Aporta nuevas reglas del juego y se pone de acuerdo con la maestra en lo que si se vale y lo que no,  marca los límites de lo permitido.

Sabe que la disciplina y los límites dan confianza, seguridad, dan la estructura y el apoyo que el niño u adolescente necesitan para poder ir poco a poco explorando el medio y arriesgarse a usar sus habilidades.

Su rol especializad aporta, de manera paralela, tranquilidad a los maestros, a la escuela y a los padres, sin embargo nunca debe sustituirlos, sino más bien los apoya para que a la larga sean ellos mismos los que puedan atender a ese sujeto. Brinda las herramientas para que sea la escuela la que lo acoja plenamente y lo hace desde el momento en que trabaja para que ese sujeto se genere una idea de sí mismo, de sus capacidades y posibilidades de desenvolvimiento que le permita una inclusión tanto educativa como social.

Ahora bien, dentro del campo de la discapacidad, en el ambiente escolar, hemos observado que la atención brindada al niño con discapacidad, a veces,  no permite que ese niño acceda a una integración apropiada en el proceso educativo, debido a que es común que se entre en contacto con éste niño desde su organicidad y que se tengan acciones compensatorias,  lo cual lo coloca en el lugar de objeto.

Si por el contrario, nos vemos obligados a entrar en contacto con él y no con su organicidad estaremos favoreciendo la aparición de ese niño como sujeto en el encuentro posible con el acompañante en la transferencia.

El campo de la discapacidad nos confronta con un escenario, muchas veces trágico, por la gran dificultad que se presenta en el armado de los vínculos entres esos niños y su familia, sus pares, la escuela, etc.

Esteban Levin nos dice que  “si un niño por la discapacidad que porta y por la posición simbólica que ocupa, está siempre en un mismo lugar frente a esa realidad inamovible, frente a lo imposible de modificar, ya no podrá más que reproducir siempre lo mismo. Justamente para producir un nuevo sentido, una diferencia, una alteridad, algo tendrá que no estar en su lugar”.

El trabajo con estos niños, entonces comprende la creación o la producción en su día a día de sentidos donde no los hay, es decir, que se produzca un nuevo lugar que no sea el de la discapacidad.

Para lo cual el apoyo en recursos como el juego y el dibujo, recursos lúdicos  resultan privilegiados para la labor del At.

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